Perdida.
Me traslado de un rincón a otro.
No concibo el sueño.
Oigo el viento rodando entre las calles.
Busco algo que sostenga mi insomnio: la pila de libros a un costado de la cama, una caminata por el diminuto patio, mirar por la ventana la vereda vacía, una ducha tibia.
Escucho una canción de Nina Simone y su piano me transporta, onírica, al fin del mundo. Y puedo sentir el infinito como un espacio terriblemente azul y absoluto que invade intimida incomoda.
Navego con cada nota del piano de Nina y mi cuerpo es leve y hay flores y peces y hojas secas que suenan y crujen.
La soledad es perenne.



